Leon Hunter

Entrevista a José Alejandro. Docente en la URJC.

1.- Breve presentación y formación: ¿cómo has terminado siendo docente de filosofía del lenguaje en la URJC?

Tras haber estudiado el Grado de Filosofía y un Máster de Lógica tomé la arriesgada –siempre lo es– decisión de, al menos intentar, iniciar una carrera de investigación. Mi trayectoria particular no tiene interés, por eso quiero detenerme en que analicemos un poco el panorama en que nos encontramos.

La primera opción que me planteé fueron las antiguas “becas” –hoy en día ya son contratos al uso– predoctorales. Sin embargo, cuando uno trabaja en humanidades un tema relativamente marginal u original, como puedan ser lógicas no clásicas o filosofía medieval, se topa con un primer problema. Estos contratos tienden a una severa infantilización de los investigadores jóvenes y nóveles y, muchas veces, ni siquiera los evalúan a ellos, sino a sus directores.

En primer lugar, para conseguir uno de estos contratos cuenta tu nota media –expediente- más que cualquier currículum específicamente orientado al proyecto de tesis que estés intentando desarrollar. Así, tiene más peso para alguien que quiera hacer la tesis sobre epigrafía griega la nota que haya sacado en una asignatura de bioética que el hecho de contar con un TFG sobre el tema premiado desde el cual publicase en una revista científica, cuenta, de hecho, más que acreditar una formación especializada en el tema –cursos de epigrafía, conocimiento de griego clásico, etc.–. Esto es así porque se asume que un estudiante que postula a uno de estos contratos no tiene por qué haber hecho nada. Esto se generaliza y se eleva al rango de norma. No se generaliza tanto el fomento de la mediocridad –ya que tener buena nota media cuesta lo suyo, obviamente– tanto como el castigo a otras vías de talento o capacidad acreditados.

Pero, en segundo lugar y muy por encima de tus notas en el Grado, se evalúa el peso de quien dirija tu tesis, su CV, su grupo de investigación, etc. Esto solamente crea un círculo vicioso de burbujas de temas hiper-trabajados y otros absolutamente marginales que quedan fuera, muchas veces, por criterios de dificultad temática lamentablemente. Cuanto más se trabaja un tema, más crece el grupo que lo trabaja y más posibilidades tiene de recibir nuevos doctorandos que lo trabajen. Y entre trabajar algo difícil o algo sencillo por el mismo sueldo…

Con este panorama –quiero pensar que en ciencias no es así- decidí presentarme a todo lo que pudiera. Así, con mucha suerte y mucha ayuda, factores necesarios en estos contextos más allá de la meritocracia, logré encontrar un trabajo relacionado con mi investigación fuera de la academia y una plaza de asociado en una Universidad que no conocía. Y aquí estamos.

En orden cronológico inverso, al Máster de Lógica llegué por vocación y admiración a los profesores que, en su momento, me supieron transmitir el rigor y la relevancia de estas disciplinas –lógica y filosofía del lenguaje– y sus discusiones, igual que al Grado de Filosofía, cuando vine a estudiarlo a Madrid por motivos análogos. Claramente, ha supuesto un gran esfuerzo, pero mentiría si negase la suerte que he tenido al coincidir con gente tan estupenda como la que, afortunadamente, me ha aconsejado y guiado.

 

2. ¿Por qué elegiste estudiar o especializarte en filosofía del lenguaje?

Bueno, en realidad, trabajo en una frontera oscura y emocionantemente confusa entre la lógica formal, la filosofía de la lógica, del lenguaje, de la ciencia y la metafísica –entre otras-. Ni siquiera yo sabría bien delimitar cada una de ellas más allá de ciertos criterios metodológicos o pedagógicos muy vagos. La respuesta corta es que he llegado aquí por un doble interés. Obviamente, he conocido a gente que me la ha presentado como una disciplina enormemente atractiva, en eso he tenido, como comentaba, mucha suerte. Pero también creo que es una de las ramas en que hay más problemas filosóficos por tratar y, sobre todo, creo que es una disciplina en que se trabaja con rigor, algo que en filosofía no está asegurado de entrada. Eso me gusta. Se puede observar, con relativa facilidad, que hay un “progreso” o avance –aunque esto sea conceptualmente complejo y discutible-, lo cual siempre es un consuelo. Psicológicamente transmite a uno cierta tranquilidad y seguridad ver que no todo son castillos en el aire.

 

3. ¿Con qué corriente o corrientes actuales te identificas?

Antes que con corrientes enteras, lo cual puede comprometerme con cosas que no estaría dispuesto a asumir o, siquiera, autores, creo que más bien voy “picando” de aquí y allá soluciones que me convencen más, aunque el resultado sea un monstruo de Frankenstein conceptual. La alternativa te acerca demasiado al dogmatismo. Dicho lo anterior, muchos colegas me llaman platónico en un sentido técnico y actual del término -no tanto histórico- y, probablemente lleven parte de razón, aunque leo a muchos platónicos y se me ponen los pelos de punta.

Platón, Aristóteles, Kant, Frege o Kripke son constantes referentes con los que intento dialogar, aunque siempre de manera crítica –a veces, dependiendo de a quién preguntes, demasiado-. Y debo confesar, también, que tengo una especial filia por autores y escuelas históricamente marginados: los megáricos, los calculistas oxonienses, ciertos matemáticos o físicos que no son considerados filósofos genuinos en el canon, etc. Aunque, por suerte, no soy el único y su marginalidad cada vez es menor.

 

4. ¿Crees que la filosofía del lenguaje tiene cierta relevancia a día de hoy?

No lo sé, aunque es algo que medito mucho. ¿Es deseable que la tenga? Aquí tendríamos que hablar y discutir acerca de cómo entendemos el papel de la Universidad y el de la Filosofía. Hay quienes entienden que debe haber una subordinación al mercado laboral. Aplicar la ley de demanda y oferta y ya.

En este sentido, la relevancia de la filosofía del lenguaje, por definición, es nula. Y, en cuanto dejase de serlo, ya no sé si podríamos seguir hablando de “reflexión filosófica” o si pasaríamos a estar ante otra cosa: lógica aplicada o lingüística tal vez, no lo sé. Aunque no podemos perder de vista que este ejercicio de “dignificación” nos acerca a enfoques no falsables en los que corremos el riesgo de perdernos tratando de resolver pseudo-problemas con mitos.

Pero también están los que defienden que la Universidad debe disponerse al servicio de la sociedad. Al margen de lo problemático de la ambigüedad de los términos, mercado y sociedad, esta segunda consideración me parece tan arriesgada como la primera. La verdad no se vota ni, menos aún, se determina en textos redactados por políticos…

Bajo estas dos concepciones de relevancia, puede que sí que estemos ante algo, lamentablemente, cada vez más relevante: la filosofía corrompida por la autoayuda y la producción en masa de reflexiones planas por un lado y el más tosco e intelectualmente huero activismo político por el otro. Cada vez se premia y se busca con mayor intensidad la generación de un “impacto” en un sentido u otro y se termina olvidando la investigación como fin –este es uno de los retos a los que nos enfrentamos–.

No digo con esto que la Universidad deba convertirse en un ente autista completamente aislado del mercado y la sociedad. Los egresados han de ser solubles en el mercado laboral al igual que la institución Pública debe rendir cuentas a la sociedad que la sufraga generando un bien. Pero esto no implica necesariamente una concepción ancilar de la Institución Pública Universitaria. Lo que yo hago no quiero que sea relevante en un sentido activista ni económico-empresarial inmediato. Me engañaría si pensase lo contrario y creo que me habría equivocado de área o, probablemente, de profesión.

Si esto es algo negativo o no, no debo juzgarlo yo, claro. Eso sí, las aplicaciones, si vienen, vendrán al final: uno no puede aplicar aquello que no ha desarrollado previamente y todo buen desarrollo exige mucha más responsabilidad y esfuerzo que cualquier aplicación ciega. Por tanto, en este sentido, sí que creo que la filosofía del lenguaje tiene y tendrá diferentes aplicaciones -igual que ya las ha tenido–. Respecto de los temas que yo trabajo, no sé si llegaré a verlos.

 

5. ¿Qué salidas tiene estudiar filosofía y filosofía del lenguaje?

Cuanto más te especializas menos salidas diferentes –de distinta naturaleza– generales hay, pero más salidas relativas a esa misma especialización encuentras: con un máster y un doctorado en filosofía del lenguaje no puedes acceder a dar clases en un instituto –necesitas otro máster–, pero puedes acceder a todas las becas, contratos y plazas que haya sobre esa especialidad. Son “las gallinas que salen por las que entran”.

Obviamente hay menos plazas de filosofía del lenguaje que institutos que oferten filosofía, pero también se supone que hay menos especializados en esa materia. Por esto mismo es por lo que son peligrosas las burbujas temáticas que mencioné antes, ya que generan círculos viciosos de inflación de investigadores apelotonados trabajando un mismo tema generando que queden plazas de especialidades complejas y marginales desiertas y enviando al paro a investigadores que tienen tesis casi indistinguibles sobre temas de moda.

 

6. ¿Qué experiencia has aprendido siendo docente en la URJC?

La URJC me ha enseñado a valorar muchas cosas que, o bien antes me eran indiferentes, o bien no sabía ni que existían. Sin duda, los compañeros que tengo son un auténtico lujo y es un verdadero placer poder asistir a sus charlas o intercambiar conversaciones con ellos por los pasillos. Hablando en plata: he aprendido una barbaridad –y sigo haciéndolo, claro–. Existen muchos pequeños detalles que hacen que el día a día sea muy agradable: desde tener un campus lleno de fuentes, gatos, patos y demás bichos que interactúan con alumnos y docentes, hasta las instalaciones tan completas que tenemos pasando, por supuesto, por todo el personal extraordinariamente amable y simpático –PDI, PAS, pero también trabajadores de la cafetería, reprografía, etc.–, … He aprendido que son esos detalles los que a uno le hace ir a trabajar con auténticas ganas y una sonrisa. El resto se puede mejorar y trabajar.

 

7. ¿Qué tal es trabajar con la URJC? ¿Recomendarías la universidad?

Entiendo que no es lo mismo ser alumno que PDI y que existen muchos grados diferentes en la URJC. Por lo que te acabo de contar, por mi parte, la experiencia es muy buena. Sin duda. Siempre intento preguntar a los alumnos qué aspectos cambiarían, qué tal les van los cuatrimestres, con qué están contentos un curso y con qué no, qué les parece la carrera en general, etc. Esto, junto a reuniones ya más oficiales con órganos de representación, y estadísticas estandarizadas, le permiten a uno tener una perspectiva más o menos global de la situación.

Respecto de filosofía, en concreto, sí la recomiendo. Especialmente con los dobles grados que se ofrecen. Ahora bien, ¿significa esto que es todo perfecto? ¿que no hay fallos a mejorar o problemas? Hombre, pues, obviamente, no. Tampoco voy a prometer el Edén. Pero no nos engañemos, ninguna Universidad lo es y muchos fallos o problemas de muchas Universidades, como puedan ser los de la URJC, son de carácter estructural y nacional.

 

8. ¿Qué recomendarías a los jóvenes estudiantes de filosofía?

Que no se dejen amedrentar por la situación actual y todos quienes consideren que la Universidad debe subordinarse a la sociedad o al mercado laboral. Que estudien, lean y  aprovechen al máximo, tanto como la vida y sus circunstancias personales se lo permitan, la oportunidad que tienen y expriman cada asignatura hasta intentar agotarla. Creo que el mejor consejo que podría dar es que, simplemente, no olviden qué les llevó a estudiar un Grado así y que nunca pierdan esa inquietud. Tras el Grado vienen las prisas: el máster, las oposiciones, el trabajo, etc. y es por eso mismo por lo que deben intentar limitarse a formarse todo lo que puedan disfrutando cada clase, discusión y trabajo.

Ahora bien, esto no es sencillo y exige, entre otras muchas cosas, dos que tal vez sean poco habituales: debéis reconocer vuestra propia ignorancia y no tener miedo a confrontarla. Más adelante, ya tendréis tiempo de confrontar la de los demás, pero la que urge es la propia –siempre–.

Merecer la pena, indefectiblemente, implica pena. Estudiar algo como filosofía con este compromiso de honestidad, claramente, la implica, no te voy a mentir. Y la implica en muchos aspectos: de inseguridad laboral, de dificultad conceptual y nivel de abstracción, de falta de valoración por parte de la sociedad, etc. Pero también, sin duda, llega a merecerla.

 

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