Escribir para el bien vivir
«Narramos, escribimos y leemos porque hemos fabricado la fabulosa herramienta del lenguaje humano. Por medio de las palabras, podemos compartir mundos interiores e ideas quiméricas».
—Irene Vallejo
Quizá sea una idea ingenua, pero genuinamente considero que a todos los seres humanos nos puede gustar escribir. Por supuesto, me he encontrado con personas que aseguran que ni les gusta ni se les da bien. Aun así, sigo creyendo que, si sabemos cómo abordarla, la escritura puede resultar gratificante.
Para mí, escribir es una forma de pensar. La diferencia es que la escritura nos obliga a ordenar el pensamiento y a dar forma a ideas que, de otro modo, podrían permanecer dispersas.
Con la intención de defender las propiedades —casi medicinales, en un sentido figurado— de la escritura, he reunido distintas situaciones en las que escribir puede ayudarnos. No se trata de presentar la escritura como sustituto de la atención profesional cuando esta sea necesaria, sino de recordar que puede convertirse en una herramienta cotidiana de reflexión, memoria y expresión.
Desahogo emocional
La adolescencia suele ser una época de especial intensidad emocional. Recuerdo que, cuando era pequeña y veía películas en las que se exageraba el papel del «adolescente incomprendido», todo me parecía una ficción. Estaba segura de que yo nunca sería así. Por supuesto, terminé siendo tan molesta y exagerada como los personajes de aquellas películas, hasta que empecé a madurar.
Lo curioso de aquella edad es que, cuando me enfrentaba a un problema que no era demasiado grave, sentía que el mundo se me caía a pedazos. Sabía que mi reacción podía parecer desproporcionada a los demás, pero aun así me costaba muchísimo controlarla.
Por eso me sorprendió tanto que una profesora de inglés nos contara cómo la escritura la ayudaba a enfrentarse a situaciones de fuerte carga emocional, especialmente cuando estaba enfadada.
Al final de un curso nos leyó un poema en el que enumeraba las cualidades positivas de cada alumna. Antes de leerlo, nos explicó que un día en que todo el grupo estaba revolucionado y apenas había podido dar clase llegó muy molesta a casa. Tomó una hoja y un lápiz y escribió todo lo que habría querido decirnos en aquel momento de tensión. Después de desahogarse, dejó sobre la mesa la hoja a la que había trasladado su rabia y se fue a dormir.
A la mañana siguiente volvió a leerla y se horrorizó al comprobar la dureza de sus palabras. La distancia y la escritura le permitieron observar de otra manera lo ocurrido el día anterior. Entonces escribió el poema para obligarse a centrar la atención en todo lo positivo que cada una aportaba al aula.
Diez años después, todavía recuerdo aquella historia. Fue uno de los primeros momentos en los que comprendí que también los adultos podían verse superados por sus emociones y que escribir, aunque fuera solo para uno mismo, podía ayudarnos a ordenar lo que sentimos antes de actuar.
Memoria ilustrada
A lo largo de la vida pasamos por muchas versiones de nosotros mismos. Cada una está influida por las personas que nos rodean, los lugares en los que vivimos y los acontecimientos que experimentamos. Como esos cambios suelen ser graduales, no siempre somos conscientes de ellos. La escritura nos permite conservar una imagen de quienes fuimos.
Gracias a los diarios, las cartas e incluso los mensajes de texto, podemos revivir los nervios de una primera cita, la incertidumbre posterior a los exámenes de acceso a la universidad y tantos otros episodios, importantes o cotidianos, que influyen en nuestra manera de ver el mundo. Lo escrito deja constancia de cómo ha cambiado nuestro pensamiento, para bien o para mal.
Un buen ejemplo son los diarios de viaje. Como soy nostálgica, antes incluso de empezar un viaje ya me impresiona pensar que terminará. Por dramático que pueda parecer, esa conciencia de la fugacidad de los momentos —tanto de los buenos como de los malos— me ayuda a prestar atención a lo que estoy viviendo.
Para disfrutar y recordar los viajes intento hacer dos cosas: tomar muchas fotografías y escribir por la noche un resumen del día. Al regresar a casa, imprimo las fotos en orden cronológico y las pego en un álbum. Junto a ellas reescribo aquello que deseo conservar.
Cuando vuelvo a mirar álbumes de hace apenas dos o tres años, las fotografías y las anotaciones me permiten recuperar detalles, momentos e incluso personas que había olvidado y que me alegra recordar.
Ejercicio espiritual
Para algunas personas creyentes, uno de los obstáculos para relacionarse con Dios es no saber cómo rezar. Existen cientos de libros, consejos y recursos sobre la oración, pero una relación espiritual es algo personal y, por tanto, difícil de enseñar. Sería como pedirle a mi madre que me enseñara a querer a un amigo.
Una posibilidad es escribir nuestros pensamientos como si se tratara de un diario dirigido a Dios: depositar en sus páginas inquietudes, alegrías, enfados y reflexiones, con la esperanza de estar siendo escuchados. Para quien comparte esta fe, tratar a Dios como a un amigo o un padre amoroso al que se le cuenta el día puede hacer que la oración resulte más cercana y menos intimidante.
Palabras eternas
La comunicación epistolar parece pertenecer a una época en la que no existía WhatsApp y las distancias no podían acortarse con tanta facilidad. Sin embargo, con los años he aprendido que, aunque las acciones sean fundamentales, las palabras escritas y releídas pueden adquirir un valor especial. Las cartas que expresan cariño, perdón u orgullo forman parte de mis recuerdos más preciados.
La escritura no solo sirve para conservar, sino también para compartir. Pensemos en las personas que pueden leer las cartas que intercambiaron sus padres cuando eran jóvenes o las de familiares que vivían en el extranjero y narraban sus experiencias lejos de casa. El formato de la carta invita a detenerse, abrir el corazón y poner sobre el papel pensamientos íntimos.
Si una carta no se envía, puede ser una forma de desahogo. Cuando se comparte, puede convertirse en un recuerdo valioso. Escribir cartas nos permite decir aquello que quizá no nos atrevemos a expresar cara a cara o que no queremos que se pierda en el aire: promesas, buenos deseos, declaraciones de amor, confesiones y peticiones de perdón.
Agradecer como hábito
Hace unas semanas asistí a un congreso en el que pude escuchar al científico social y profesor de Harvard Arthur Brooks, dedicado al estudio de la felicidad y el bienestar. Sus clases despiertan mucho interés entre los estudiantes. En esta entrevista de la revista Nuestro Tiempo se puede conocer mejor su trabajo y sus ideas.
Durante la conferencia explicó que incluso alumnos con grandes capacidades y circunstancias aparentemente favorables podían sentirse insatisfechos. Como ejercicio de reflexión, les proponía reservar cada semana un momento tranquilo para escribir cinco motivos por los que se sintieran agradecidos.
Una práctica así no resuelve por sí sola los problemas personales ni sustituye la ayuda profesional cuando existe depresión u otro trastorno. Sin embargo, puede invitarnos a dirigir la atención hacia aspectos positivos que a menudo damos por sentados. Escribirlos hace que dejemos de percibirlos como una idea vaga y nos obliga a reconocerlos de forma concreta.
A veces prestamos tanta atención a lo que nos falta o nos preocupa que dejamos en segundo plano las cosas buenas que también forman parte de nuestra vida. Sentarnos y redactar aquello por lo que sentimos agradecimiento puede ayudarnos a contemplar nuestra situación desde una perspectiva más amplia.
¡A escribir!
La escritura no tiene por qué convertirse en una gran obra ni estar destinada a otras personas. Puede consistir en una página que nadie leerá, una anotación de viaje, una oración, una carta, una lista de agradecimientos o unas líneas escritas antes de tomar una decisión.
Por eso te animo a probar: escribir para desahogarte, recordar, rezar, declarar tus sentimientos o agradecer. A veces, una hoja y un bolígrafo bastan para ordenar aquello que llevamos dentro y mirarlo con un poco más de claridad.
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